Gracias
Supongo que a estas alturas todos sabréis lo que hizo ayer el Alcoyano en la Copa del Rey. Que un equipo de 2ªB elimine a uno de 1ª no es noticia, teniendo en cuenta que los partidos son el campo más débil y que cada año se dan este tipo de sorpresas. Sin embargo, que un modesto le gane 4-1 a un equipo que hace poco estaba jugando la Champions si es noticia, una excelente noticia.
Si recordáis, los equipos de primera división adulteraron la competición para no caer en las primeras de cambio, aunque hoy tengo que rectificar un párrafo de aquel post:
Los clubes grandes no quieren volver a pasar por el sonrojo que supone caer ante un 2ªB o un tercera
No lo han pasado en la 1ª ronda, pero sí en la 3ª. Por lógica, que un equipo semiprofesional elimine a un equipo de la autoproclamada -yo tengo mis dudas- mejor liga del mundo ya es una vergüenza, y si ya le goleas y le pasas por encima, ¿qué calificativo cabe emplear?
Ayer se demostró en el Campo del Collao que el fútbol no ha muerto. Aún existe un pequeño reducto en donde se premia el esfuerzo, la garra, la moral y se aborrece esa multinacional futbolera, llámese RFEF, UEFA o FIFA. Cada vez que el Alcoyano metía un gol les daba las gracias a los jugadores gritando como un loco. Ellos no me oían, claro, pero lo decía para autoconvencerme de que el auténtico fútbol -el genuino, el de toda la vida- está en mi ciudad y no en la Galaxia.
Desde este blog quiero dar las gracias al Alcoyano por el partido que me regaló. No se me olvidará en la vida. Jamás olvidaré que 40 minutos antes de empezar el campo ya estaba abarrotado. Nunca se me borrará el silencio atronador que dejó el minuto de silencio en memoria de Quiles y Blanco, dos jugadores legendarios de la mejor época de la historia del club. Quien sabe si con su protección desde el más allá ayudaron al equipo a iniciar otra era histórica.
Pero lo que siempre recordaré es un detalle insignificante, aunque paradójicamente lleno de contenido: subíamos al Campo del Collao, eran las 18:30 y delante de nosotros pasa el autobús del Alcoyano. Agito la mano para ver si alguien me saluda y desde el otro lado del cristal el señor Benigno Sánchez, el entrenador, me ofrece una sonrisa franca, sincera, mientras levanta el dedo pulgar. De nuevo, gracias.