José Antonio Primo de Rivera
Acabo de terminar un trabajo de Historia Contemporánea de España II. Se trata de leer un capítulo de un libro de una lista que nos da la profesora y hacer un resumen. He elegido el capítulo que Paul Preston le dedica a José Antonio Primo de Rivera en su libro "Las tres Españas del 36" y como creo que es un tema interesante me ha parecido una buena idea compartirlo con vosotros. La versión no es definitiva, seguramente añada algo o retoque algún párrafo, pero la base prometo no tocarla. Espero que os guste.
(Para poneros en contexto enlazo el interesante artículo de la Wikipedia sobre José Antonio)
José Antonio Primo de Rivera. El héroe ausente.
Después del fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera en la cárcel de Alicante de 1936, dos mitos sobre su figura recorrieron el periodo de la dictadura de Franco. El primero de ellos hace referencia a la supuesta “revolución pendiente” que habría emprendido la Falange si José Antonio hubiera permanecido con vida durante la Guerra Civil. El segundo sostiene que el líder falangista representó la “gran oportunidad perdida” para España, ya que supuestamente habría reconciliado a los dos bandos enfrentados.
Estos dos mitos, que todavía hoy se mantienen, tienen una característica común: implícitamente nos están diciendo que José Antonio habría sido una presencia incómoda para Franco, por lo que es lógico pensar –y así lo sostiene Paul Preston- que la muerte de Primo de Rivera a los cuatro meses de iniciarse la contienda fue hábilmente aprovechada para, por un lado, controlar a la Falange y someterla al aparato militar y, por otro, justificar las acciones de guerra. Cuando terminó la contienda la figura de José Antonio Primo de Rivera se convirtió en un mártir, en una especie de santo predecesor del Caudillo, aunque, como veremos, sus relaciones nunca fueron buenas. En suma, se podría decir que José Antonio Primo de Rivera fue utilizado por Franco casi en el instante después de su muerte con una única finalidad: justificar un régimen que se perpetuó durante casi 40 años.
En este capítulo, Paul Preston pone en tela de juicio ambos mitos y nos muestra a un Primo de Rivera que poco o nada tiene que ver con aquel personaje reconciliador que la propaganda franquista moldeó a su antojo: del líder populista e intercesor al dandy aristócrata violento.
José Antonio, hijo del dictador Miguel Primo de Rivera, nació el 24 de abril de 1903 en el seno de una familia acomodada de militares con vínculos aristocráticos, tanto por vía paterna –su tío abuelo fue marqués de Estella, titulo que él también poseería- como materna. Estudió Derecho en Madrid y muy pronto se sintió fascinado por las ideas fascistas, sobre todo aquellas que hacían referencia al uso de la violencia. Este pequeño esbozo de su biografía contradice ya un mito, el de su pretendido carácter reconciliador: su culto a la violencia es incompatible con esa imagen. Por otro lado, sus vínculos con la oligarquía terrateniente andaluza hacen insostenibles los argumentos que sostenían que José Antonio era progresista o izquierdista.
Primo de Rivera entró en política durante la Segunda República para defender la memoria de su padre. En sus inicios fue militante monárquico y tuvo un cargo destacado en la Unión Monárquica Nacional. Sin embargo, pronto vendría su primer fracaso en política, pues perdió las elecciones de octubre de 1931, a las que se presentó como candidato monárquico. El ascenso de Adolf Hitler a partir de 1933 hizo que José Antonio se planteara, por primera vez, la posibilidad de crear un partido fascista. Por tanto, hay señalar que el futuro líder de la Falange tuvo poco que ver con los grupos fascistas que empezaron a crearse en el ocaso de la dictadura de su padre.
Convencido de que él era el único que podía dirigir un partido fascista con un apoyo significativo –aunque él mismo reconocía que no servía para líder populista se embarcó en un proyecto a tres bandas.
- Unificación de los grupúsculos fascistas existentes.
José Antonio Primo de Rivera entró en contacto con las JONS –fusión de la conquista del Estado, de Ledesma Ramos, y la Junta Castellana de Acción Hispana, de Onésimo Redondo-, y con el Frente Español, grupo influenciado por las ideas de Ortega y Gasset. La fusión con el Frente Español fue un hecho y sus estatutos fueron adoptados por Falange Española, que se formó en octubre de 1933 a partir del núcleo del Movimiento Español Sindicalista, que debe considerarse el embrión de la Falange. El acuerdo con las JONS no se lograría hasta febrero de 1934, después de una dura negociación.
- Apoyo de la derecha tradicional.
La Falange, debido a que sus acciones desestabilizaban el orden republicano, contó con el apoyo explícito o implícito de parte de la derecha. Fruto de esa conveniencia mutua son los acuerdos que Primo de Rivera logró con la Comunión Tradicionalista y con los monárquicos de Renovación Española, que se comprometieron a financiar a la Falange con 10.000 pesetas mensuales. Este subsidio supone una de las contradicciones más evidentes en su pensamiento: si realmente pretendía atraer a las masas no podría hacerlo acercándose a la oligarquía. Ambas opciones son difícilmente compatibles.
- Obtención de respaldo de la derecha fascista.
El motivo de su viaje a Italia era, además de visitar a un régimen que admiraba, obtener material informativo y recibir consejos para la formación de un partido fascista similar en España.
Su primer éxito como político fue la obtención de un escaño por Cádiz gracias a su inclusión en una lista monárquica, es decir, que su partido –la Falange- no contribuyó a que su dirigente saliera elegido, y es más, difícilmente habría logrado los votos que consiguió de presentarse con una candidatura falangista. Su decisión revela dos hechos: la debilidad financiera de la Falange para concurrir unas elecciones y la falta de apoyo popular que tenía su partido.
La unión de la Falange con las JONS no fue sencilla: el radicalismo y el populismo de Ledesma Ramos, dirigente de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista, chocaron con la alianza que Primo de Rivera tenía con algunos grupos monárquicos o conservadores. Finalmente se realizó la fusión, y en la ejecutiva tripartita del partido (FE-JONS) quedó claro quién absorbía a quién: Primo de Rivera y Ruiz de Alda por la Falange y Ledesma Ramos por las JONS. La unión de los dos partidos acentuó todavía más la contradicción entre el elitismo y el populismo de Primo de Rivera.
Es evidente que a las JONS, dentro de la Falange, le tocó asumir el papel más violento y radicalizado, lo que puso en peligro los subsidios de la derecha, que no permitiría un giro a la izquierda en las bases de la Falange. Estas discrepancias en el modo de actuar se acentuaron aún más cuando Primo de Rivera se distanció del sector jonsista, que planeaba volar la casa del Pueblo de Madrid.
El punto culminante de las desavenencias entre Primo de Rivera y las JONS fue el programa del partido que en un principio redactó Ledesma Ramos. Su carácter radical y próximo al anarcosindicalismo hizo que José Antonio lo modificara hasta lograr una versión moderada que contentara a la oligarquía y partidos políticos que apoyaban al partido. La lucha que las JONS mantenía por el poder finalizó cuando Ledesma Ramos fue expulsado de la Falange en 1935. El partido quedaba libre de los elementos radicales, pero quizás por las luchas intestinas que se produjeron en el partido hizo que las ayudas financieras de los grupos conservadores disminuyeran en 1935, por lo que Primo de Rivera se vio obligado a pedir ayuda a Mussolini, quien autorizó el pago de unas 30.000 pesetas al mes.
Uno de los hitos de la Falange fue su participación en el derrocamiento del alzamiento de las izquierdas de octubre de 1934 y en su posterior represión, pero lo cierto es que su intervención fue más bien insignificante: los ofrecimientos de Primo de Rivera al presidente del gobierno, Alejandro Lerroux, fueron rechazados, y en la represión tuvieron un papel muy pequeño. Habrá que esperar hasta mediados de 1935, cuando la Falange cambia su política de relativa moderación por la acción directa a través de planes descabellados de levantamientos militares (por ejemplo, cerca de la frontera portuguesa o en Toledo) o por encendidos discursos que crearan una atmósfera de miedo en la población.
Respecto a los intentos de levantamientos militares es obligado referirse a los contactos que Primo de Rivera mantuvo con Franco, sobre todo a partir de 1936. Sus relaciones nunca fueron buenas, y Franco siempre trató con desdén a José Antonio, al que consideraba un mero aficionado. Su relación fue de desprecio mutuo. Se pone en evidencia, por tanto, que a Franco le interesaba mucho más un José Antonio muerto para justificar su causa que uno vivo que pudiera entorpecer sus planes.
Hemos señalado antes que la Falange nunca tuvo una importancia relevante: a sus problemas económicos se unió la imposibilidad de conseguir un diputado por ellos mismos. Para las elecciones de febrero del 1936, que ganó el Frente Popular, intentaron entrar en una coalición de la derecha conservadora, pero no lo consiguieron. El resultado fue desastroso: en Cádiz, donde José Antonio había ganado tres años antes con 49.000 votos, obtuvo sólo 7.499 (el 4,6% del total) al presentarse por la Falange. Sin embargo, después de la victoria del Frente Popular las circunstancias empezaron a ser favorables para la Falange: 15.000 nuevos afiliados pasaron a engrosar las filas del partido, y Primo de Rivera y su Movimiento encontraron su sitio en la rebelión: se encargarían de realizar actos de terrorismo para provocar represalias de la izquierda, lo que justificaría el alzamiento militar. Por tanto, hay que remarcar que no es hasta febrero de 1936 cuando la Falange empieza a crecer en número y en importancia.
A principios de marzo, varios incidentes entre falangistas e izquierdistas llevaron a José Antonio a la cárcel, por estar implicado y por no tener ya inmunidad diplomática. Su estancia en la cárcel de Madrid no le impidió preparar con el General Mola el alzamiento militar que daría lugar a la Guerra Civil. Debido a una posible fuga, Primo de Rivera fue trasladado a la cárcel de Alicante, donde continuó disfrutando de privilegios carcelarios que le permitieron seguir coordinando el papel que la Falange tendría durante el alzamiento.
El fracaso del levantamiento militar en Alicante y su posterior condena a muerte fueron, según Preston, las causas que motivaron el cambio de actitud de José Antonio, que empezó a mostrar interés por la reconciliación. Esta actitud es poco creíble porque, como hemos visto, estuvo en contacto permanente con los sublevados y en su discurso político nunca renunció a la violencia. Parece evidente que su preocupación por una reconciliación obedece más a un intento para salvarse que a un deseo sincero.
Se llegó a pensar en un canje de prisioneros, pero la propuesta fue rechazada. Incluso Martínez Barrio, presidente de las Cortes, envió un intermediario a petición de Primo de Rivera, y su propuesta de ir a la zona sublevada para hablar con los rebeldes no fue tomada en consideración. Respecto a los sublevados, algunos autores sostienen que pudieron hacer algo más para evitar que fuera fusilado, lo que explicaría la posterior explotación de José Antonio y su mito una vez muerto, aunque durante dos años se negó a creer en público que había muerto, tal vez para no minar la moral de la Falange.
El procedimiento por el que se juzgó a José Antonio fue justo. Se le acusó de conspiración y rebelión militar, y las pruebas eran más que evidentes. Sin embargo, su ejecución fue un error político del gobierno de la República, ya que ofreció una justificación innecesaria a los rebeldes.
Para finalizar con este resumen, nos planteamos lo mismo que el autor: ¿qué habría pasado si José Antonio no hubiera sido fusilado? No lo sabemos, pero tal vez a Franco le hubiera sido un poco más difícil controlar a la Falange, pero no hay duda de que no le habría dejado ejercer su autoridad en la Falange. Paradójicamente, la muerte de Primo de Rivera perjudicó a los republicanos y benefició enormemente a las tropas rebeldes, durante la Guerra Civil y a partir de 1939 en el franquismo.