El Refugio de Cervantes
Lo peor de vivir en la Era de la Información (o algo así) es que las sensaciones han dejado paso a la frialdad de los datos. Esto es lo que pensé cuando entré al Refugio de Cervantes de Alcoy, construido en 1938 para protegerse de los ataques de la aviación italiana durante la Guerra Civil -incivil, según un profesor mío. Una vez dentro sólo sentí frío, es lo que tiene estar en el subsuelo. Por mucho que lo intenté, no pude imaginarme los empujones para intentar acceder al refugio, ni la gente cayendo por las escaleras, ni los llantos de unos niños -y no tan niños- muertos de miedo ¿Qué pensaría esa gente mientras escuchaba caer las bombas? ¿De verdad sería tan terrible el sonido de las alarmas? Y no quiero ni imaginar el olor nauseabundo que desprendían las letrinas y las ropas sucias de los refugiados.
Por mucho que lo reconstruyan, o que pongan unos interesantes paneles a lo largo del recorrido, es imposible darte cuenta de lo que fue aquello, de lo dura y terrible que es una guerra. Pero por lo menos el refugio me ha enseñado -como si no lo supiera ya- a valorar más el pasado para que sus errores no se repitan en el futuro.