Los límites de ese sentimiento llamado amor
No pienso llorar, ni escribir desgarradores poemas de amor que no leerá nadie, ni dar largos paseos por el parque más cercano, ni sumergirme en la más profunda melancolía. Podría decir que hoy me ha rechazado, que siete meses de esfuerzos se han ido por la borda, pero estaría mintiendo.
¿Por qué nos enamoramos? No lo sé ¿Por qué no nos enamoramos? Tampoco lo sé, pero ahí está clave: no me ha rechazado, simplemente no está enamorada de mí ¿Y por qué? Ni idea, y ella tampoco lo sabe. Estas cosas pasan o no pasan, y esta vez la chispa no se ha encendido al mismo tiempo.
En otro tiempo quizás no tan lejano, las declaraciones de amor eran más artificiales. En un mar de hipérboles amaneradas, un NO se entendía como una afrenta que, en forma de espada afilada, se clavaba en el corazón. En la Era de la Información las cosas se hablan y punto. En la posmodernidad, donde no sabes muy bien qué está bien o qué está mal, todo el mundo acaba más o menos contento. No hay vencedores ni vencidos.
Yo no digo que hubiera preferido un rechazo clásico con bofetón incluido, pero es que todo ha salido tan bien que no parece que las puertas de un sueño demasiado real se hayan cerrado tal vez para siempre. En estos momentos estoy bastante feliz y me da no sé qué adoptar ese papel ¿No debería estar triste y gimoteando por los rincones?
Eso sí, le estoy empezando a pillar un miedo terrible al futuro, y me estoy planteando muy seriamente dejar de soñar, pero si hiciera eso dejaría, sin duda, de existir.
Por todo esto tengo que darte las gracias; una respuesta así es un regalo inesperado que merezco, tal vez, por la valentía que he demostrado hoy.