1. Mi primer gol
Una pelota azul de plástico y bote imprevisible, un recreo cualquiera de un rutinario día de 1994. Veinticinco minutos para descansar de una agotadora mañana de colegio. Un campo de fútbol sala, dos porterías, dos equipos: 4ºB contra 4ºC. El "B" contra el "C", el Barça-Madrid del colegio. Doce años después de aquellos derbys no sabría decir qué clase era mejor. Quizás ellos -los del "C"- tenían más calidad, pero nosotros éramos más equipo.
El fútbol-patio no permite la figura del árbitro, pero todo el mundo se queja y nadie hace caso, todos se ignoran. No existe el orden táctico: lo único que hay que hacer es perseguir el balón para tocarlo, o esperar a que el chupón oficial termine con sus regates imposibles e innecesarios. Otra opción, muy aburrida eso sí, es moverte por el campo y esperar a que te llegue el balón, bien de un rebote o de un compañero.
No recuerdo quién me pasó balón, o cómo vino a mí, pero en aquella soleada mañana reventé la pelota de un derechazo y le dio por entrar cerca de la escuadra de la portería. Si Dios existe, aquel día se manifestó en forma de alucinación, pues no había acabado de entrar el esférico cuando el campo de duro cemento se convirtió en una alfombra verde y de los laterales brotaron dos gigantescas gradas repletas de gente extasiada. A veces pienso que aquel gol fue decisivo para nuestra victoria, pero eso sería demasiado bonito. Tal vez fuera el gol de la tranquilidad, porque ganamos seguro, de eso no tengo ninguna duda.
Después del gol, de mi primer gol, sólo sé que me tiraron al suelo y que alguien inició una caótica montonera encima de mí. Me hicieron daño, pero valió la pena. Por unas horas me convertí en el héroe de la clase, aunque no fue para tanto: un par de comentarios y a otra cosa.
He soñado tantas veces con ese gol que a veces me pregunto si fue real o no, es lo que pasa cuando sabes que eres el único que lo recuerda. Ignoro si este episodio feliz de mi vida ha marcado mi porvenir -espero sinceramente que no-, pero es que no puedo imaginarme estos doce años sin ese golazo. Menos mal que la pelota ese día fue mi amiga.
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