El amor no es lineal
Si algo me ha enseñado la última novela de Vargas Llosa, Travesuras de la niña mala -a la que por cierto tengo bastante abandonada por eso que llaman exámenes- es que el amor no tiene por qué ser lineal. Es decir, que puede dar circunloquios por la vida y volver al principio. Hasta ahora siempre había pensado que era lógico, racional, pero no siempre puede ser así, porque entonces no sería un sentimiento.
Desde 2001 he estado felizmente enamorado de tres personas: una especie de bohemia con inquietudes artísticas (de hecho, está estudiando Bellas Artes) me volvió loco durante más de tres años, entre medias, una salmantina de culo inquieto y actriz de teatro amateur me hizo tener los mejores sueños de mi vida (y algunos ciértamente se hicieron realidad), y finalmente, estos últimos meses me lo he pasado genial construyendo castillos en el aire gracias a una aspirante a escritora de éxito.
Me he dado cuenta que lo que más valoro en una persona del sexo opuesto es la creatividad que pueda tener. Tal vez sea mi miedo a la rutina, pero ese es el complemento perfecto para una persona para mí y una señal de alarma eficaz que me dirá si esa de ahí, la que está sentada en el banco azul, me conviene, o no.
Decía que el amor no es líneal. Cualquiera de estos amores puede volver, o hacerse realidad, dentro de 5, 10, 15 años y aquí no pasaría nada. Es más, sería mejor: debe ser un gustazo decirle a esa persona ¿te acuerdas hace 5, 10, 15 años, cuando no me hacías ni caso?.
Pero es que hay algo peor -no todo iba a ser tan fácil- No sé el motivo, pero suelo enamorarme en los sueños, y esta semana he soñado con una persona de la que estuve enamorado (bueno, no fue para tanto, una tontería) y todo iba bien. Al final será que tengo demasiadas ganas de complicarme la vida, ahora que empiezan los exámenes y el Mundial.
Realmente, lo que me depare el futuro me da igual, porque sé -y esto es una convicción muy profunda- que voy a ser feliz elija el camino que elija.